SI SE FUERA EL FÚTBOL
I – Y si se fuera…
Escuché por ahí que la gente ya no habla del amor.
Escuché andan diciendo que con el tiempo el amor se desgastó, que el amor ya no tiene brillo. Como si los muros en lo intrínseco de la persona emocional se hubieran debilitado; ya nada fluye. Todo es estático y sin sentido, motorizado y automático, inconsciente e involuntario.
Me dijeron que desde que se extinguió el fútbol nadie sale de su casa. Que los hombres ya no hablan, ya no se conciernen. Que las relaciones entre ellos no son nada más que conceptos.
Me contaron que los domingos a la tarde no había otro lugar que no fuera la cancha. Todos esperaban ese día… Y durante la semana los laburantes les sacaban brillo a sus zapatos para ir el domingo a ver cómo le sacaban brillo a la pelota.
Me explicaron que la gente se encerraba entre muros por horas, parados o sentados sobre unos asientitos cuadrados, de plástico -que te podían tocar de color amarillo o azul- Ahí nadie perdía las esperanzas, sino que las cantaban más fuertes.
Me dijeron que en ese lugar al que llamaban “El Templo” los grandes no se recordaban, se idealizaban. Pasaban de ser nombres a conceptos, de apodos a canciones. Lo chiquito ahí parecía enorme, y las injusticias se sentían en un chillido ensordecedor.
Me describieron cómo antes los hombres lloraban. ¡Lloraban! ¿Podes creerlo? Lloraban de felicidad, lloraban de tristeza, lloraban abrazados. Me dijeron que la estabilidad (emocional y física) no existía: la gente movía sus cuerpos como si fueran banderas y las banderas se colgaban sistemáticamente como si fueran cuerpos.
Me dijeron que antes la gente sonreía. Festejaban colgados uno sobre otros, fanatizando alegrías, trepados-tambaleando entre alambres gigantes que los separaban de “los jugadores”.
Ah… Los jugadores. No podría decirte jamás todo lo que me confesaron sobre ellos.
Escuché que con el tiempo eso se fue. Pero todavía se siente cómo tiemblan los muros, cómo saltan las casas del Riachuelo, cómo retumba el eco de gol en las calles de la rivera.
Me dijeron que el tiempo no viaja solo, y ahora que tiene todos los años encima ya no se apura más para llegar, porque sabe bien que el fútbol no empieza hasta que Boca toca.
Hasta llegaron a decirme que para el amor no había edad, te lo juro. Después me dijeron “Te invito a compartir la cancha del mundo, la cancha sin fronteras. La cancha que avalancha a los pobres y a los ricos”, y me dieron una camiseta. “Lleva este arma azul y oro. Acordate de esto. Esta es la verdadera historia”.
Preguntales a todos los que se fueron con el corazón en La Boca, ellos me lo contaron todo.