Palabrería –

VII – Por-poesía-no

VII – Si la he visto no me acuerdo

VI – Nada

¿Sabrá el de afuera, 

ese que camina con las manos en los bolsillos, 

aquél que titubea mientras camina? 

Sólo. 

Él y su sombra. 

Él y su sombra que aparece, se ensancha y desaparece en cada esquina donde ve un faro. 

¿Sabrá él que está lo que está creando?

¿Sabrá aquél faro de luz tenue, 

que hace que hasta nuestra propia sombra abandone a su dueño en cada esquina?

¿Sabrán las esquinas oscuras,

quizás, un poco lúgubres, 

que tienen el piso rajado, desparejo, mármoles sueltos, piedritas desprendidas…?

Yo. 

Derritiéndome en los ojos de gente desconocida.

O no tanto.

Expectante por leer su vida en una sola mirada. 

¿Saben qué veo? 

Un hombre. 

Un hombre debajo de un faro tarareando una canción al compás del movimiento de su cara. 

O viceversa.

Él. 

Aquél hombre de las manos en los bolsillos.

Aquél hombre que tararea una canción, 

que hace que su corazón vierta sobre sus cuerdas vocales un sonido atrapante. 

Un sonido que da qué hablar.

El sonido, en física, es cualquier fenómeno que involucre la propagación, 

en forma de ondas audibles o no, 

generalmente a través de un fluido que esté generando el movimiento vibratorio

 de un cuerpo.

Y a vos te vibra hasta tu corazón.

La propagación del sonido involucra transporte de energía.

 Sin transporte de material alguno, 

Transporta en forma de ondas que solas se propagan a través de… 

¡Todo nuestro cuerpo!

¡Escuchá! 

¡Escuchá cómo se acerca! 

¿Lo sentís? 

Es sonido… 

Es música. Es arte. 

Son más que partículas dando vueltas por el ambiente. 

Son más que ondas vibrantes.

Avanza como parte de nuestra propia sangre. 

¡Tienen la estabilidad, fuerza y arte suficiente para hacernos vibrar el alma!

-¿Qué cantás?.  

Le grité desde la ventana.

-Nada. 

Y se abrazó la cara con sus hombros. 

Y siguió caminando. 

Y su sombra se borró. 

Y a los pocos segundos, también su cuerpo. 

Su vibración. Su sonido. 

También su música.

Nada, dijo.

¿Y si cantamos más nada? 

Cantemos más. Vibremos más. 

¿Nada? ¡Nada! 

¿LO SENTÍS? ¡NADA! 

¡Gritalo hasta que lo sientas! NA-DA. 

¡Que con nada creamos energía! 

¡Que con nada creamos sonido!

¡Con nada creamos arte!

Nada.

V – Buen día

Me abraza y se entrega. Se desmorona ahí. Respira lento, pausado. Tomando formas cóncavas y convexas bajo las sábanas desordenadas. Y me creo lluvia, o solo una gota de agua. Y te duermo a besos en forma de rocío. Mientras, él entiende, lento, su siguiente pureza. Yo desciendo y asciendo las puntas de mis dedos por su nuca. Sin querer enseñarle a nadie más esa ruta sin fronteras. Nado perdida, sin necesidad de encontrarme, entre sus ojos, o lo que quedan de ellos. Semicerrados, semiabiertos. Y respira fuerte. Como si sostuviera un secreto. O como si el peso de nuestra noche entera cayera sobre su pecho, que se arquea para afuera enterrado en la cama. Acostados. Oblicuos. Sin ropas molestas, sin demasiados esfuerzos. Y aún no entiendo, pero mis preguntas se celan, se entienden. Porque te miro con los rayitos de luz partidos sobre tu cuerpo que todavía descansa. Cuando despertas más lento de lo que te dormiste. Y te convertiste, entonces, en poesía. Y dejaste, entonces, de ser lo único que miro. Para ser, entonces, mi mundo. Mi nuevo día.

IV – Ejes

Y, sobre el eje Y. Equis, sobre el eje X. Teniendo una base, que no nos conforma, igualamos fórmulas como si fueran conceptos ¿Qué es absoluto? ¿Qué es matemático? Todo. Nada. O viceversa. Hacemos ecuaciones simultáneas, igualando algo no resuelto a un algo sí resuelto. Como si ese “nada” al lado de otra fórmula fuera “algo”. Como si estando lado a lado se encontraran a si mismos ¡Como si necesitáramos igualarnos a la par de otra incógnita para resolvernos! Si de todas formas, siempre quedará algo por resolver. Si de todas formas, para resolver una, hay que despejar y aislar la otra. Si de todas formas, para resolver deberíamos disolver.

¿Y ahora, a quién le importaEXIStir?

III – Siete Vidas

Siete vidas, por Oriana Barquet

II – Elijan un personaje

Lo conoció una noche de verano. Él traía un jogging suelto, de tela azul rompeviento y un buzo gris desgastado y estirado por el uso. Trajo con Él dos botellas de cerveza que pretendía tomar con Ella. “Hola, ¿todo bien?”, dijo.

No era un personaje conocido, no era parte de una investigación que cambiaría el curso del mundo de la medicina o la tecnología, no prestó ningún servicio comunitario, ni solidario, ni militar, y tampoco tenía una asombrosa habilidad para asociarse con la gente. Pero dice Ella que sobre Su vida podría hablar por horas.

Lejos de ser una biografía, ésta es su historia:

Se contactaron sin querer y se conocieron a propósito. Fue un día de enero cuando, sin haberse visto antes, salieron por primera vez. Tenían el mar y la luna de frente, dos cervezas, dos mantas y unas sillitas rotas a su lado que habían tomado sin pedir permiso, y claro, sin ser vistos.

Para cualquier espejo, o para lo ojos con los que se cruzó Ella, digamos, una noche como esa, en una playa así, sentada en la arena de esa forma, parecía alguien confiada, segura de sí misma, que sabía dónde iba y, dentro de lo razonable, es consciente de qué cabe esperar cuando llega ese destino secreto.

“Existe. Tiene que existir. Para los enamorados hay que comportarse como si existiera, ¿no?, adoptar el aire de quien se dirige decidido hacia alguna parte, cargando la leve preocupación de del que debe llegar a una cita mientras estamos en algún lado tomando cerveza y la arena amortigua los pasos” confía Ella.

Entre los dos se miran con rara circunspección. Se están conociendo. Se sonríen, se miran, se prometen historias. No recuerdan bien cómo empezaron a hablar, pero Él se mostró con la misma soltura con la que la saludó por primera vez. Estaba desordenado, despreocupado, libre, hasta Ella lo recuerda en patas; hoy en día afirma que Él no consideraba la vida que llevaba en ese entones como algo temporario; ese era su estilo.

Con el tiempo se hicieron como dos compinches de juego de Truco, de esos que siempre se eligen de equipo. Porque saben que entienden sus cartas con miradas, que entienden qué quieren decir sus diferentes tonos, y que ellos y sólo ellos saben ser ese tipo de compañeros. Estudiaban la misma carrera; Él, en su segunda facultad, Ella, recién arrancaba. Ambos eran deportistas de sangre caliente, de esos que sienten cada deporte como propio y lo sienten a flor de piel. Ambos vivían sus amistades como hermandades firmes, como algo sagrado, un templo… “No, un templo no”, corrige Ella. Templo hay uno sólo y es la cancha de Boca. Y Él no discrepa, asiente firme y convencido, también.

Ella recuerda que su manera de vivir de entonces era una solución momentánea, improvisada. “Siempre fui inestática…” -Se pregunta si existe ese término- “Una persona cambiante. Veía la necesidad de poner las cosas en un orden definitivo, pero el orden definitivo aún no había llegado”.

Ella venía de romper una relación pasada que la dejó susceptible al mundo, y a Ella. Incluso en ese momento, un tiempo después, cuando ya no lo odiaba ni lo culpaba ni lo acusaba, le resultaba difícil decir qué había salido mal. Si había estado demasiado enamorada, o no lo suficiente… Ese mismo año Ella se involucró, sin querer, en un juicio despiadado. Eso la devastó. Le quitó el brillo en sus ojos y adormeció su secreto invisible: sus palmas tímidas. Anuló sus manos. Dejó de escribir, dejó de dibujar, dejó de pintar, dejó de tocar instrumentos sin realmente saber tocar alguno de ellos. Dejó de hacer. Y cuántas cosas más dejó de ser. Sintió que nada era certero. “El universo era incognoscbile. No podía conocerme a mí misma y estaba rodeada por la duda y lo accidental”.

Ojalá fuera más inteligente, solía decir, ojalá fuera más sabia. Estaba muy cansada, pensaba, de la vida que llevaba. Sentía a todo el mundo más afortunado que Ella, con más suerte, dueño de algo de lo que Ella carecía. Y hasta llegó a contar su dinero para viajar a cualquier parte del mundo, lejos de la realidad que sentía esa mujer en una situación tan representativa. Pensó en irse. Muchas veces.

Una noche de sollozos, de tensión, de tirantez sedosa, de transe de expectativa, Él, sin saber qué había en su cabeza, no la dejó ir. La resistencia a declarar que la amaba ya hacía meses que no lo desesperaba. Se lo recordaba todos los días. Lo insistía con amabilidad. En cierto modo, aunque Ella no explique cómo, le permitió creer qué entendía, sin que se lo explicara: las cosas cambiarían, todo pasaría. Y poco a poco, la salvó.

El dinero que contó para irse a alguna parte del mundo, lo invirtió en un viaje para ambos. Y la suerte que no creía poseer, se transformó, como si se tratara de la transacción más normal del mundo. Un trámite.

Y ahí, del otro lado de la cámara que sustrae una risa contagiosa, que anticipa una ola que choca, que cubre los granitos de arena de ese lugar nuevo al que habían viajado juntos, estaba el hombre que no fue condecorado por ninguna hazaña histórica, pero aún así, salvó a una persona. Y eso fue suficiente.

I – Beso

-¿Por qué besarse?, preguntó

Por qué besarse… En los comienzos del hombre, él tomó sus manos. Tomó sus manos y las movió, las hundió entre yuyos preseleccionados. Con ellas tomó frutos y hojas, y los llevó expectante a su boca. Saboreó, degustó, gozó. Así descubrió el sentido del gusto.

Tomó sus manos. Las juntó, las separó, y las volvió a juntar más fuerte. Repitió la acción creando un sonido chillante. Así descubrió el sentido del audio. 

Tomó sus manos, con ellas cortó plantas. Al descubrir que no eran de su agrado en su boca, las olió, intentó diferenciarlas con su olfato. Así descubrió su tercer sentido.

Tomó sus manos. Las acarició, las tocó. Con ellas tomó palos y rocas, y creó fuego. Buscó su contrapunto, y buscó hielo. Así descubrió el sentido del tacto.

Tomó sus manos. Las observó, las estudió. Descubrió su totalidad y sus funciones. Aprendió mediante sus ojos. Así descubrió el sentido de la vista.

Luego vio a la mujer, y la mujer vio al hombre. La observó, la estudió. La acarició, la tocó. Apretaron sus labios, los separaron. Los juntaron y los volvieron a juntar. Los movieron, los hundieron el uno con el otro. Así el hombre descubrió el universo.

Así, ahora mis manos buscan hundirse en tu nuca. Lentas, buscan caminar sobre la superficie de tu cuello y buscar sobre las profundidades de tu pelo. Hundirme sobre tus labios como si tuviéramos la boca llena de universo

-¿Quién no quiere descubrir el universo?, respondí.